VINOS Y VINILOS

No hay como sentarse a escuchar un disco de vinilo. No sólo porque la textura de su sonido es incomparable a la de un archivo digital de sonido llano, sino además por el romanticismo envuelto. Oír un disco de vinilo es regalarse a sí mismo un tiempo y un goce. Desde la propia contemplación del arte de su portada, esa primera impresión con la que el músico presenta visualmente su ofrenda, para luego pasar a la ceremonia de colocar delicadamente ese objeto de culto en el plato. Los aproximadamente cuarenta a cincuenta minutos que siguen son placer puro, del tipo de placer que genera una gama inesperada de emociones que dependerán del contenido y el estado de ánimo, y que nos da licencia para una pausa intermedia, para respirar, asimilar la primera parte y continuar con la segunda. Durante todo ese tiempo uno puede acomodar el ambiente y la acción, sea apagando las luces y encendiendo velas, sea contemplando fotografías de un pasado añorado, sea reflexionando sobre el futuro. El complemento ideal es una copa de vino. Porque escuchar un disco de vinilo es como beber una copa de vino, que invita a apreciar su aroma y sentir en cada sorbo la complejidad de sus sabores. Un vino unido a un vinilo, no sólo como una excelente oportunidad para reunir sintonías con los amigos, también puede ser una actividad solitaria e introspectiva, o mejor aún un inmejorable momento para compartir esa parte importante de sí con la persona amada. (Luis Vélez)

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